Nocturnas Madrugadas por: Paco Canales Loza
Caminas
cayendo
a cada paso
Buscándome las
piernas
Son tus manos cuando rodean
mi cintura
caricias a ojos
cerrados
Tibias navajas en tus
tibias manos
me desgarran los
sueños
me despiertan tus
dientes marcados en mi pecho
Me acaricias sumisa
mi mujer gato
Al caminar cae;
a cada paso, buscándome siempre las piernas.
Son sus
manos, cuando rodean mi cintura; caricias estrechas a ojos cerrados.
¡Que
nocturna mirada! ¡Que hipnótica manera de sobre llevar la charla! Todo lo
enreda y al final logra una madeja con la que juega recostada en la alfombra,
gimiendo como mujer, retorciendo su torso hasta encontrar el mío.
Y lame mis
dedos y muerde; y besa como gatita y se mueve buscando el calor con sus roces,
devolviendo el cariño sorpresivamente con algún acto inesperado. Siempre
jugando.
De puntitas
por el pasillo, recoge su sombra, orillada, rápida, elegante. Persigue mi canto
de encantador de ratones y me espera con dos cigarros; mirando las paredes, las
esquinas, muda, buscándome de prisa, casi maullando.
Desanuda sobre el sofá, con
su piel eriza; de espalda de angora, con zonas oscuras como siamés. Recostada
espera mi llegada y se yergue, en un confirmante lanzamiento de su cuerpo sobre
el mío. Vuelve y se derrumba; débil, como siempre. Alejada, muy alejada: se
duerme.
Quiere noche, quiere luna,
quiere tejado.
Quiere gato.
... y huye por varios días...
Aparezco su fantasma y le
hablo al oído de mi almohada. La escucho maullar y yo le gruño poemas en la
oreja. Vuelve. Agitada, nerviosa, salvaje, sangrienta.
En sus manos tibias tienen navajas que cortan la tibia escena
descarnada. Empapada, desconocida; vuelve por la madrugada, Me busca las
piernas y me acaricia, Sumisa.
Se destuerce en cada caída y
sigue sus pasos; su canto: su disgusto por mi vida. Pierde las mañanas persiguiendo
las más odiadas figuras en los tapetes de la pared. Y se engaña en mis brazos y
termina por caer, caminando y se pierde no sé dónde. Mi mujer gato.